Hay un proverbio ruso que
dice: “cuando suenan los cañones las musas callan”. Pero no son sólo las musas
que inspiran a los artistas las que callan durante las épocas de guerra, son
también las que ayudan a cualquier persona a expresar lo que le sucede.
Walter
Benjamin denunció esto cuando dijo que “la cotización de la experiencia ha
bajado y precisamente en una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las
experiencias más atroces de la historia universal. Lo cual no es quizás tan
raro como parece. Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del
campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia
comunicable”[1].
Quienes
vivimos en el mundo moderno estamos inmersos en, y somos herederos de, una
larga tradición de guerras, de violencia, desde las dos guerras llamadas mundiales,
los múltiples conflictos entre países, las guerras civiles, los conatos de una
tercera guerra mundial, el espectro de las bombas nucleares existentes capaces
de destruir toda vida en el planeta; hasta lo más cercano, como la
independencia, la revolución, la guerra cristera, la matanza de estudiantes el
2 de octubre en Tlatelolco, la guerra sucia, los grupos revolucionarios activos,
la guerra contra el narcotráfico que ha sumido al país aún más en el miedo, la
violencia contra mujeres que crece alarmantemente, la corrupción, las
constantes crisis económicas, la pobreza, etcétera.
Todo
esto deja una carga de miedo que se oculta a fuerza de costumbre.
Y no son
sólo las guerras lo que imposibilita la experiencia; Giorgio Agamben retoma el diagnóstico
de Benjamin y lo amplía al afirmar que
hoy sabemos que para efectuar
la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe y
que para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana en una
gran ciudad. Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada
que todavía pueda traducirse en experiencia […]. El hombre moderno vuelve a la
noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos –divertidos o
tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros– sin que ninguno de ellos
se haya convertido en experiencia.[2]
Y sentencia
que “esa incapacidad para traducirse en experiencia es lo que vuelve hoy
insoportable –como nunca antes– la existencia cotidiana, y no una supuesta mala
calidad o insignificancia de la vida contemporánea respecto a la del pasado”[3].
Es
decir, las musas callan tanto por las guerras como por la vida moderna y casi
no hay espacios donde se pueda hablar libremente.
[1] Benjamin, Walter, “Experiencia y pobreza” en Discursos interrumpidos I, [traducción
de Jesús Aguirre], Taurus, Argentina, 1989, pp. 1657-168.
[2] Agamben, Giorgio, Infancia e historia – Destrucción de la experiencia y origen de la
historia, [traducción de Silvio
Mattoni], 2ª edición, 2ª reimpresión, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires,
2007, p. 8.
[3] Ibídem,
p. 9.
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